miércoles, 30 de junio de 2010

En Comala aprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

Siempre, tarde o temprano, se vuelve a aquellos lugares en los que uno fue feliz, o a día de hoy, después de que el paso del tiempo desdibujó los matices, pensamos que lo fuimos, aún sin haberlo sido.
Supongo que es por ese motivo por el que hoy, despues de cerca de  mes y pico sin acercarme a las páginas de un libro, vuelvo a pasar páginas en las que las palabras parecen tomar cuerpo a medida que mis ojos van deteniendose en ellas.
Me siento bien dentro de un libro.
En estos tiempos en los que todo es incertidumbre, ésta es una de las pocas certezas que uno tiene sin permitirse un leve pestañeo.
Atrás -ruido de fondo- queda la ciudad maldita, en este principio de verano que presenta sus credenciales como todo principiante, es decir, intentando hacerse respetar a fuerza de contundencia.
La caótica ciudad, la que nos sufre y a la que sufrimos, se hace más insoportable en días como éste en que los destinos se nos antojan lejanos de pura comodidad adquirida.
Somos animales de costumbres y como tales nos comportamos, como animales, trato de decir.
Por eso lo del libro, por eso la tranquilidad y el reloj detenido, por eso, el yo me bajo en Atocha y camino, y leo, a la sombra de una palmera del jardin tropical.
Por eso lo de los lugares en los que uno fue feliz o cree que lo fue, por eso el jardin tropical con su ejército de mendigos y personas de paso, en el que tiempo atrás un niño de dieciocho años se sentaba en sus húmedos bancos de granito a ver pasar el tiempo, ahora dibujando, ahora escribiendo, sin saber aún muy bien por cual de esos tortuosos caminos le llevaría la vida. Supongo que eligió el facil o el que menos esfuerzo le suponía, tampoco es cuestion de tenérselo ahora en cuenta. Ya lo he escrito antes, el tiempo todo lo desdibuja y todo lo perdona. Siempre había una clase a última hora a la que era mejor no asistir, o un tren que no merecía nuestras prisas y carreras, siempre había un hueco en el jardin y una persona interesante a la que dibujar o describir, que en resumidas cuentas vienen a ser cosas muy parecidas.
Supongo que por eso hoy cuando he pasado por él después de mucho tiempo sin lo uno y sin lo otro, sin dibujar y sin escribir, quiero decir, la bofetada de calor húmedo del jardin me ha dolido como si hubiese sido real, o más aún.
Lo he intentado, bien lo sabe quien lo deba saber, pero no ha sido lo mismo.
Me he parado, he buscado mi sitio, he sacado un folio y he intentado escribir algo, lo que fuese. Cuatro líneas despues, entre avergonzado y apesadumbrado, he decidido desistir, sólo me salían tópicos. Lo único que permanecía intacto y original, o al menos así me lo ha parecido, despues de un poco más de diez años, ha sido el olor, ese olor a tierra humeda y vegetación en descomposición que se impregna en la ropa y en la memoria. El olfato tienen la capacidad de trasladarnos a lugares enterrados en el olvido.
Me he levantado, he mirado en derredor y me he despedido de un lugar en el que aún ahora mismo sigo creyendo, iluso de mi, que algún día, por un momento, fui feliz. Tal vez mañana, o despues de otros diez años, cuando otra huelga de metro venga a trastocar nuestras monótonas vidas y mis pies y mis pasos me devuelvan a este jardin, o a lo que de él quede, el olor a humedad tropical me haga confundir la felicidad de otro tiempo con la pesadumbre de hoy, y tal vez de nuevo, al volver a casa me siente otra vez a escribir lo que hoy escribo, sin darme cuenta de que uno no debiera volver al lugar en que un día fue, o creyó ser, feliz.

1 comentario:

vitruvia dijo...

Esta entrada no debería tener un 0 en comentarios. O sí, porque cualquier chorrada, como esta, la ensucia.
En cualquier caso, jodidamente bien descrita nuestra manía por forzar la creación olvidando que ella decide y elige cómo, cuándo y dónde.