sábado, 4 de abril de 2009

II concurso literario Santiago Rusiñol 8

Lo que sigue es el relato corto con el cual pretendo presentarme al concurso literario que organizan en la subdireccion general del libro (donde trabajo, vamos), lo dejo aquí para que me deis vuestra opinion, me critiqueis (siempre y cuando sea crítica constructiva) y si veis algun error me lo hagais saber. La temática de este año debe girar en torno a los viajes.
Espero os guste.

Pongamos que hablo de Madrid.

‹‹Un libro, como un viaje,
se comienza con inquietud
y se termina con melancolía››
José de Vasconcelos.


El sonido del despertador fue aumentando gradualmente hasta llegar al umbral que el
oído humano es capaz de soportar a las 05:30 a.m.
En el mismo momento en que los pies desnudos se posaron sobre el frío suelo, un escalofrío recorrió mi espalda, el mismo escalofrío que a lo largo de mi vida me había venido avisando que un acontecimiento importante, ya fuese agradable o desagradable, estaba por ocurrir.
Aún con ese andar inestable posterior a todo sueño profundo, me acerqué a la ventana y con un violento tirón levanté la persiana.
Las torres que se levantan sobre la otrora ciudad deportiva del Real Madrid, aparecieron ante mí más grises que de costumbre, tan sólo algunas luces encendidas aleatoriamente constataban la máxima de que las grandes ciudades nunca duermen.
Llovía y hacía un frío de mil demonios. Si no fuese por lo inminente del viaje sería un día perfecto para hacer de la cama un refugio permanente.
El billete de tren que descansaba sobre la mesilla de noche no dejaba lugar a dudas:

Fecha: 23MAY08
Coche: 02
.
Plaza:5B.
Salida: MADRID-PTA. ATOCHA 07.30
.
Llegada: BARCELONA-SANTS 10.54.
Producto: AVE.
Cierre del acceso al tren 2 minutos antes de la salida.

Una sensación de premura se apoderó de mí. No había tiempo que perder si no quería llegar tarde, y lo que era peor, aguantar la reprimenda de la chica más hermosa del mundo, al menos de mi mundo.
Se llama Daniela, ojos grandes y de un azul tan profundo, que si los miras fijamente durante unos segundos creerás estarte ahogando en las aguas de esas playas paradisiacas que para mí, a día de hoy, tan solo existen en los fondos de escritorio de los ordenadores.
Al salir a la calle, una lluvia fina y fría se ocupó de evaporar los rastros de sueño que aun quedaban en mis ojos.
Después de un cuarto de hora de reloj andando sin rumbo en busca de un taxi, una pequeña luz verde a lo lejos vino a darme la primera alegría del día.
- Buenos días, a la estación de Atocha por favor.
Las calles del barrio estaban desiertas, tan solo se oía el ruido del motor diesel del taxi y el zis-zas de los limpiaparabrisas funcionando sin descanso.
El taxi se disponía a desembocar en el Paseo de La Castellana desde la calle Sinesio Delgado. A mi izquierda, las torres que viese esa misma mañana desde la ventana de mi habitación, al igual que yo, comenzaban a desperezarse y a mostrarse en toda su grandiosidad, miré hacia arriba pero el techo del taxi me impidió ver la cima de los gigantes; me sentí pequeño e insignificante, me acurruqué un poco más en el asiento y desempañé el cristal de la ventanilla para poder apreciar la belleza de la ciudad a esa hora maldita en la cual coinciden el que acaba de levantarse para ir al trabajo con el que se pasó la noche cerrando bares.
Las torres Kio, en su intento eterno por abrazarse, me ven pasar con la nariz pegada a la ventanilla del taxi, mirando como si fuese la primera vez, admirándome de la melancólica belleza que adquiere la urbe en días como este. El taxi enfiló La Castellana y aprovechando el inusual escaso tráfico de la vía aumentó su velocidad. Ante mí pasaban los edificios del paseo como fotogramas. El gris hormigón del Bernabeu a mi izquierda, a derecha neones verdes de El Corte Ingles y Nuevos Ministerios. Monumento a la Constitución y Escuela de Ingenieros Industriales junto con el Museo Nacional de Ciencias Naturales a mi izquierda, mi cerebro procesaba imágenes a un ritmo vertiginoso.
Plaza del Dr. Marañón, Gta. Emilio Castelar… Al pasar bajo el puente de Enrique Mata Gorostiza la oscuridad en el interior del vehículo se hizo aún mayor.
En pocos segundos me encontraba contemplando la estatua de un impertérrito Colón subido en su pedestal, con el dedo índice de la mano izquierda señalando el hoy ya no tan nuevo mundo. Al rebasarla, La Biblioteca Nacional me hizo un guiño, recordándome que le debo una visita.
De repente, en la radio del taxi, suenan los primeros acordes de una canción que me resulta familiar, -¡No puede ser!- me digo. Entonces, la voz ajada de J.Sabina dice aquello de ‹‹allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo... ›› y se me hace un nudo en la garganta, y mis ojos se ponen de acuerdo con el cielo de esta maravillosa ciudad y se nublan.
Miro al exterior intentando disimular la emoción que se acumula en mis ojos, voy repitiendo los versos de la canción, moviendo los labios, sin emitir sonido alguno, siento la mirada del conductor a través del retrovisor interior del coche, yo ni tan siquiera desvío la mirada, el momento es mío y no quiero compartirlo con nadie.
Estamos parados en un semáforo antes de entrar en la plaza de la diosa Cibeles, frente a mí tengo el Palacio de Comunicaciones, su blancura hoy se torna un poco beige, pero aun así sigue siendo mi edificio favorito en esta ya mi ciudad; a mi izquierda, en cuanto el semáforo se ponga en verde podré ver la majestuosa Puerta de Alcalá y si soy suficientemente rápido y giro mi vista a la derecha, podré contemplar el edificio Metrópolis en el ángulo que forman las calles Alcalá y Gran Vía.
No hay tiempo para más, el taxi devora la distancia y sin dejarme tomar aire me parece ver que el dios Neptuno me señala con su tridente, a mi derecha se quedan los leones aun dormidos que velan La puerta Principal del Palacio del Congreso de los Diputados. Por mi izquierda aparece el Museo Nacional del Prado, la puerta de Velázquez aun está cerrada, las meninas duermen en sus alcobas, esperando otro duro día de trabajo.
El Real Jardín Botánico a mi siniestra aun es una masa verde oscura, a mi diestra, esculturas de A. Rodin descansan frente a las puertas del CaixaForum. Un acto reflejo me hace girar la cabeza bruscamente a izquierdas, intentando vislumbrar la cuesta de Claudio Moyano, con sus librerías de viejo con los cierres aun echados.
El taxi entra decidido en la plaza del emperador Carlos V, el reloj de la antigua estación de Atocha marca las 07:20 a.m.
Pago la carrera y al devolverme el cambio, mi hasta ese momento mudo compañero de viaje, me regala una sonrisa bonachona y me desea buen viaje, le devuelvo el gesto y le doy unas gracias en realidad sentidas, nunca hasta entonces había disfrutado tanto de un viaje en taxi.
Accedí a la estación de Atocha por una de las puertas que dan al jardín tropical, el contraste de temperaturas entre el frío de aquella mañana madrileña y el calor húmedo de aquel microclima artificial hicieron que los cristales de mis gafas se empañasen. Me desprendí de ellas y con mis cuatro dioptrías por compañeras intenté guiarme, esquivando indigentes que escapando del frío exterior habían hecho del jardín su particular edén.
Me coloqué de nuevo las gafas. El reloj digital de una de las cafeterías de la estación marcaba las 07:25 a.m. en dígitos rojo sangre.
Aceleré el paso, y sin saber muy bien el porqué, mi corazón se aceleró en una proporción superior a la esperada.
Tirando de la pequeña maleta llegué casi sin aire a la zona de control de equipajes, una de las dos vigilantes que componían el control me sonrió al ver el billete y me dijo: -no tenga prisa, su tren sale con 15 minutos de retraso-. Le devolví la sonrisa y seguí mi camino sin pronunciar una sola palabra, intentando recuperar la calma.
Descendí por las escaleras mecánicas, el tren se hallaba situado en la vía correspondiente, estaba totalmente apagado, no emitía ningún tipo de sonido, parecía un animal mitológico esperando su momento para despertar; al fondo del andén una silueta se recortaba contra la mortecina luz gris de aquella inclemente mañana. Mi corazón seguía latiendo más deprisa de lo habitual. Volví a mirar el billete, -coche 2-, seguí caminando, realizando una cuenta inversa de los coches a medida que avanzaba por el andén: coche 8, coche 7, coche 6, coche 5. No tuve tiempo de alcanzar a ver el cartel indicativo del coche 4 cuando oí mi nombre que venia del fondo del anden, la silueta estaba en pie, mirándome, a sus pies había una pequeña bolsa de viaje, me hizo un gesto con la mano y yo aceleré el paso, llegué a su altura y me sonrió, me miró como sólo ella sabe hacer y me dijo intentando mostrarse severa: - Tu siempre tienes que llegar con el tiempo justo ¿eh?-, me encogí de hombros y la abracé, en ese momento sentí de nuevo aquel escalofrío recorriendo mi espalda.
El verdadero viaje acababa de empezar.




1 comentario:

El guardian de tu secreto dijo...

P.S: El formato no es el correcto porque al pegarlo en el blog me lo descoloca todo.
Espero os haya gustado leerlo tanto como a mi escribirlo.