miércoles, 10 de noviembre de 2010

Waterworld

    Azul de mar y azul de cielo, mezclados allá a lo lejos, donde la vista no da para más y el destino es una brumosa y delgada línea entre dos azules, imposibles de distinguir uno del otro.
    Barcos, una inmensidad de barcos se encuentran a mis pies. El plano se abre, para dejar entrar más barcos en el campo de visión. Barcos y azul, intenso y marino abajo, calido y celeste arriba. La tierra por momentos parece volver a ser plana. Plana, estática y finita, como debiera ser antes de que primero Aristóteles y luego Galileo pronunciase con la boca chica, aquel eppur si muove nada más escapar de las llamas inquisitoriales.
    Se cierra el plano -¿O sería más acertado decir se centra el plano?- en un sólo barco. ¿Soy yo? Aún a día de hoy no lo sé. Hay voces que dicen que debiera haber reparado en su estado, en la limpieza e integridad de sus velas, en el calafateado del casco, en la limpieza de la cubierta, en el estado del mascarón de proa... pero no lo hice, o si lo hice no consigo recordarlo. Los barcos se movían, o quizás permanecían estáticos y era el agua, el océano, el que avanzaba bajo ellos. Sé que la proa del barco central -por llamarlo de algún modo- cortaba el azul intenso en dos, sin violencia, tranquilamente, formándose una estela de espuma a popa. Avanzaban lentamente unos, otros algo más deprisa, los había que se alejaban a medida que avanzaban sin avanzar, pues el horizonte seguía estando allí donde estaba minutos o horas antes, allí donde la vista cansada y las miopías no daban para más.
    Una extraña sensación se cernía sobre mi, creía saber que en alguna dirección se abría el abismo, un abismo que ninguno de los barcos adivinaría hasta que su cercanía fuese tal que no habría opción a arriar las velas y variar el rumbo.
    En ocasiones me sentí tentado de avisar a aquellos barcos que según mis cálculos y mis cartas de navegación se alejaban de la ruta que yo creía segura, pero siempre me asaltaba la duda. ¿Y si quien sigue la ruta equivocada es este barco sobre el que me encuentro? Pero yo tampoco tenía potestad ni poder como para alterar la dirección de ninguno de los barcos, ni siquiera del que ocupaba el centro de mi campo de visión, y en el cual se centraban prácticamente toda mi atención y mis temores.
    En un momento dado un buque enorme pasó cercenando mi trayectoria justo frente a mis narices, con mucho ruido de bocina naviera, dándome un susto de tres pares de cojones.
Pero una vez ocurrido esto y sin apenas zozobrar, el barquito seguía, al tran-tran, sin hacer ruido, como si una brisa imperceptible lo empujase, dejándose llevar dónde el viento o la marea tuviesen a bien. Ahora la distancia entre los barcos era mayor que en un primer momento, como si éstos quisiesen abarcar la totalidad azul del infinito océano. Hubo barcos a los que poco a poco se perdía de vista, pasando en un último instante de ser una mancha marrón en la lejanía a formar parte de aquella línea delgada y difusa en la que todo parecía tener cabida. No sé si la inmensidad azul crecía por momentos, o eran los barcos los que se hacían más pequeños, el caso es que ahora el color azul predominaba sobre el blanco de las velas y el marrón crudo de los cascos. Ya era prácticamente imposible comunicarse con ninguno de los barcos de los alrededores, la distancia se antojaba insalvable para mis voces. Grité a algunos, pero no obtuve respuesta, intenté seguir a otros -a los que creía con la dirección y ritmo adecuados- con la mirada fija, lanzando un cabo imaginario desde mi estribor a su babor, creyendo que podría así variar el rumbo del barco sobre el cual me encontraba, pero fue en vano. Se deslizaba suavemente, con el mascarón de proa a modo de mirilla de escopeta de feria, acechando el infinito. De algún modo entendí que aquel mundo estaba constituido en su totalidad por agua, que no había tierra firme en la que posar los pies y que si la había, era sin lugar a dudas aquello que todos los barcos iban buscando. Supe que era un sueño y quise despertar antes de que el agua salada lo ocupase todo, con aquel barco a la deriva en el centro de la imagen. No creí soportar aquella inmensidad azul en solitario.

Sin abrir los ojos, alargué la mano y rocé su mejilla, la acaricié primero y después la apreté entre mis dedos pulgar e índice. Abrí los ojos, después los abrió ligeramente ella, otra vez azul, pero este diferente. Dijo buenos días, la respondí, escondí la cabeza entre su cuello y su hombro. Respiré hondo el rastro tibio del perfume impregnado en su piel, aliviado, acababa de encontrar tierra firme.

1 comentario:

mj dijo...

Me encanta tu interpretación del sueño, o más bien cómo lo has reflejado, que ya lo interpreto yo como más me conviene, o me gusta.
Me ha encantado tu relato. Como siempre haces que una sonrisa aparezca en mi boca, y un brillo en mis ojos. Y ya no digo más, que nos conocemos :)