miércoles, 3 de junio de 2009

Microrrelato

Cuando abrió los ojos, aquellos iris de ceniza ya estaban allí. Admirándole.
Vio lo que innatamente sabía era una sonrisa dibujada en su rostro y cómo una lágrima la traicionó al descender rauda por su mejilla para desaparecer en la comisura de sus labios.
Ya en ese momento supo que haría todo lo posible por hacerle feliz, hasta que llegado el día, también él, la abandonase para compartir su vida con otra mujer.
Lo sentía en la protectora calidez de su mirada, en el tibio abrazo de su cuerpo, en la alegría desbocada que latía en el fondo de su pecho.
Sintió el aire viciado de la habitación ensanchando sus pulmones, el olor a vida del oxigeno recorriendo sus venas, su cerebro recibiendo mil y un estímulos por segundo, entonces se supo vivo y una amarga sonrisa se dibujó en sus labios. No lloró, tiempo tendría para hacerlo.

1 comentario:

El guardian de tu secreto dijo...

ya me contareis que os parece y a lo mejor os cuento para qué lo he escrito.